Archivos de octubre, 2018

Nymphomaniac (Lars Von Trier)


Título original: Nymphomaniac. Volume I y II
Año: 2013
Duración: 334 min.
País: Dinamarca
Dirección: Lars von Trier
Guion: Lars von Trier
Música: Varios
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Omar Shargawi.

He visto Nimphomaniac en filmin, sin cortes, si bien tras su visionado he devenido lacerado, al menos interiormente. Una mujer apalizada (Charlotte Gainsbourg) es recogida en el suelo de un callejón por un hombre que la lleva a su casa. Allí, la mujer le referirá al desconocido (un apamplado Stellan Skarsgård) la historia de su vida. Una historia prolija en detalles, que se explicitará durante más de cinco horas y media de proyección, dividida en dos películas. La mujer es ninfómana y esta adicción al sexo, marca toda su existencia. Lars Von Trier decide ir hasta el final en muchas escenas. Si el cine en gran medida es diversión, entretenimiento, algo de drama, o especulaciones que se resuelven teóricamente, lo que aquí plantea el director danés es mostrar una realidad, compuesta de muchos elementos en sus elementos más crudos. A la mujer le prestan su rostros tres actrices, una niña que ya desde su más tierna edad alcanza un inopinado orgasmo sobre la campiña, que la lleva a elevarse como si levitase. Luego la vemos en su edad adolescente, primero estudiando y luego trabajando, dando rienda suelta a su deseo sexual, acumulando amantes de forma diaria y compulsiva. Las escenas sexuales son explícitas y las vulvas y los penes, buscándose y encontrándose por todos los orificios, asoman por doquier. Aquella situación parece verse limitada cuando se queda embarazada, y tenga a su hijo, pues en un determinado momento parece ella dar por bueno aquello que le dice su amiga en la adolescencia, “que el ingrediente básico del sexo es el amor”. Al final prevalecen sus instintos y se queda sin hijo y sin pareja. La mujer busca luego nuevas variantes, encontrando también el placer en el daño físico, siendo azotada, fustigada. Todas estas experiencias que la mujer refiere, su interlocutor las recibe sin juzgar, pues como él dice de sí mismo, viene a ser como un vidrio transparente, pues siendo él virgen, no tiene ningún prejuicio social, no hay ninguna tintura en su cristal. O eso dice.
Trier alterna secuencias sórdidas, crudas, duras con otras más poéticas, como aquellas en las que vemos a la mujer, antaño niña paseando con su padre, inoculándole éste su pasión por los árboles, en busca de aquel árbol que sea el espejo de su alma.
El tremendismo de Trier aboca al padre aquejado de una enfermedad terminal, todavía joven a una cama de hospital donde le vemos sufrir, agonizar, sin controlar los esfínteres, cagándose encima, todo lo cual se registra como si se tratara de un documental. O bien cuando uno de los amantes de la mujer se muda a vivir con ella, y con otro hombre, y la mujer y los niños del primero vienen a despedirse de su padre,
Otro tanto sucede cuando la mujer decide ser golpeada. El espectáculo de la tortura no escatima ningún paso. O ya, llevado al extremo cuando la mujer se queda de nuevo embarazada, en vez de seguir el procedimiento normal que le permitirá abortar, es ella misma quien aborta en su casa, infringiéndose un castigo, en unas de las imágenes más truculentas e insoportable que haya visto en el cine.
Es evidente el empeño de Trier por remover al espectador en el asiento, por sacarlo de su comodidad, y ponerlo frente a un buen número de situaciones desagradables, no solo visualmente, sino también con los diálogos, pues en la película hay muchos diálogos, entre la mujer y su escuchante, donde ella da su parecer muy poco políticamente correcto sobre los pedófilos, los dictadores. Él, con continuas divagaciones va cogiendo el guante, y a medida que ella le va contando su vida él las va contrastando con lo que ha leído, pues toda su experiencia vital parece ser una experiencia libresca. La mujer sigue desafiando sus límites y decide en un determinado momento buscar sexo en otra parte, en lengua extraña, y por un tiempo decide acostarse con negros, si bien aquello enseguida acaba, trata de corregir sus impulsos sexuales en un terapia llegando a la conclusión de que estas terapias sólo sirven para castrarla, para menoscabarla, para tratar de lograr que ella deje de hacer lo que hace y deje así de molestar e incomodar con su conducta a la sociedad, y entonces se encaminan al mundo del hampa, de la delincuencia, de la ilegalidad, donde alcanza su cenit rápidamente al poner en práctica sus conocimientos aprendidos todos los años, refinamiento tal, que sin recurrir a la violencia es capaz de sonsacar a uno de los morosos, por ejemplo, su secreto más escondido.
Durante toda la película parece que la mujer ha encontrado al final en ese hombre bueno, algo de tranquilidad, de paz, como ella le hace saber, tal que a partir de entonces se ve capaz de emprender una nueva vida, que pasa por la renuncia total de su sexualidad.
Como esas películas de terror en la que el protagonista logra escapar o eso cree, y en la última escena todo se malogra, así obra Trier con ese fundido en negro final; un proceder que pone la guinda a este portentoso carrusel de los horrores con el que Trier ha creado y se ha recreado en lugares infernales de los que lo habitual es apartar la mirada, quizás con la idea, materializada, de que ésta fuera la película más horrible jamás rodada.

Venom (Ruben Fleischer)


Título original Venom
Año 2018
Duración 112 min.
País Estados Unidos
Dirección Ruben Fleischer
Guion Scott Rosenberg, Jeff Pinkner, Kelly Marcel (Cómic: Todd McFarlane, David Michelinie)
Música Ludwig Göransson
Fotografía Matthew Libatique
Reparto Tom Hardy, Riz Ahmed, Michelle Williams, Jenny Slate, Woody Harrelson, Reid Scott, Michelle Lee, Scott Haze, Mac Brandt, Sope Aluko, Wayne Pére, Jared Bankens, Al-Jaleel Knox, Sam Medina, Melora Walters, Peggy Lu

Recuerdo cuando flipábamos de moetes viendo volar a Superman. Hoy, décadas después uno es casi inmune a los efectos digitales, por muy bien hechos que estén. No creo que a estas alturas podamos pedir originalidad a esta clase de producciones. Que un ser humano entre en contacto con algo misterioso que le hace convertirse en otra cosa, un monstruo, alguien con superpoderes, lo hemos visto muchas veces. Aquí un periodista de investigación tocapelotas se las toca a un joven multimillonario que está empecinado en entrar en contacto con vida inteligente de otros planetas y la ocasión se le presenta cuando en un cohete que ha enviado al espacio exterior trae del más de allá una alien. El investigador está convencido de que se puede dar una simbiosis perfecta entre los humanos y los alien, dando lugar a un símbolo te, para lo cual se emplean cobayas humanas, situación que denuncia el periodista, dejándolo sin trabajo, sin pareja, más solo que la una.
Por cosas de la vida el alien irá a dar con el periodista y juntos forman un tándem letal, algo llamado Venom (considerado el personaje más violento de la factoría Marvel) Lo curioso es ver cómo el humano asume su nueva circunstancia, su fuerza extraordinaria, oyendo voces, la que proviene del alien.
La transformación se muestra con unos efectos especiales muy logrados, espectaculares, tanto como las alocadas persecuciones por la ciudad de San Francisco. No falta tampoco el humor gamberro y desenfadado lo que imprime al film cierto cachondeo muy saludable, contando para ello con un Tom Hardy que parece en las antípodas de encarnar a un superhéroe, y que clava su papel.

Dhogs (Andrés Goteira)


Título original: Dhogs
Año: 2017
Duración: 85 min.
País: España
Dirección: Andrés Goteira
Guion: Andrés Goteira
Música: Germán Díaz
Fotografía: Lucía C. Pan
Reparto: Melania Cruz, Miguel de Lira, Antonio Durán ‘Morris’, Carlos Blanco, Iván Marcos, Roi Gantes, María Costas, Xosé López, Alejandro Carro.

Dhogs, película rodada en gallego, posibilitada gracias al apoyo institucional y al micromecenazgo (el nombre de todos los mécenas se refieren al final de la película), cae dentro del cine hecho para desconcertar, para desasosegar, para removernos en el asiento, para preguntarnos ¿qué hago viendo esto?. No por la puesta en escena, que goza de una brillante fotografía de Lucía C. Pan, ni por los actores, estupendos en sus papeles, tanto Miguel de Lira, Antonio Durán “Morris” o la sufridora Melania Cruz, sino porque la película es un espejo, que nos devuelve la maldad y la abyección del mundo que enfangamos a diario, ímplícita en su título, que entrevera el significado de dogs y hogs, donde los seres humanos se convierten aquí en una bestia inmunda capaz de lo peor, a saber, maltratar, matar, engañar, abusar, violar, secuestrar…

La historia se explicita con distintas escenas que al final irán convergiendo, a modo de sumidero y de una manera un tanto inopinada, permitiendo darle sentido y consistencia a todo lo visto.

Andrés Goteira (Meira, 1983), con esta su primera película como director (y guionista) logra escenas de gran impacto visual, muy poderosas y perturbadoras (con un buen número de primeros planos y localizaciones sitas en lugares como Tabernas que confieren una dureza y una sequedad especial a las imágenes), que explican las comparaciones de su cine con lo que hemos visto en las películas de Lynch o Hanecke y su notoria capacidad para incomodar al espectador, lo cual siempre es saludable ante cualquier expresión artística, donde el espectador en esta ocasión dejaría de ser algo pasivo para ser él quien decida la suerte de sus personajes, inclinando estos su voluntad de una manera pensada o no hacia el mal, lo sórdido, lo prohibido, lo “inhumano”, lo inmoral.

En la casa (François Ozon)

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Título original: Dans la maison
Año: 2012
Duración: 101 min.
País: Francia
Dirección: François Ozon
Guion: François Ozon (Obra: Juan Mayorga)
Música Philippe Rombi
Fotografía: Jérôme Alméras
Reparto: Fabrice Luchini, Ernst Umhauer, Kristin Scott Thomas, Emmanuelle Seigner,Diana Stewart, Denis Menochet, Jean-François Balmer, Fabrice Colson, Bastien Ughetto, Stéphanie Campion, Yolande Moreau

En la casa, película de François Ozon, basada en la obra teatral de Juan Mayorga, El chico de la última fila me ha resultado sorprendente por muchas razones. En poco más de hora y media, se dan la mano la comedia, el suspense, el drama y todo ello hilado de una manera extraordinariamente sutil.

Un profesor de literatura sesentón y quemado (perfecto en su papel Fabrice Luchini, con un rostro entre alelado, contrariado y de vuelta ya de todo), al comprobar cómo los jóvenes cada vez son más cazurros y lo costoso que les resulta escribir, ser capaces de poner en negro sobre blanco sus actividades de fin de semana; actividades que se cifran en comer pizza, ver la tele, tomar una birras y poco más, todo ello referido con un estilo chusco y tan simplón que al profesor su lectura lo aboca a la náusea y a la desesperanza. Pero no todo está perdido, porque entre esas redacciones escolares hay una, la de Claude García (brillante Ernst Umhauer en su papel) que desata todas sus alarmas. Una redacción que da pie para que el joven autor de la misma y el profesor establezcan una relación muy particular, pues el profesor se ve reflejado en ese joven, con dotes para la escritura, el cual se hace amigo íntimo de un colega del instituto con el fin de poder así entrar en su casa, en su vivienda y en su vida, y luego desde dentro ir refiriendo aquello que ve e imagina en sus redacciones, que el profesor y su mujer leen con fruición diariamente. Donde no sabemos si es la literatura la que quiebra la realidad o viceversa.

El papel de la mujer del profesor (una circunspecta Kristin Scott Thomas, hablando en francés), al frente de una galería de arte moderno, da pie para reflexionar sobre el valor o la intrascendencia del mismo, tanto como para ponderar la raíz (estéril) de muchas parejas juntas durante décadas, no tanto por el amor, sino por algo mucho más prosaico, como la comodidad y la seguridad. El joven en su mirada, más que en su proceder, me acercaba a Funny Games. Vemos cómo la realidad desde fuera es una y desde dentro es otra, porque el joven ve cómo esa familia ideal que ha imaginado no es tal y siempre hay marejadas bajo esa calma chicha de las apariencias. Con gran belleza se plasma el deseo adolescente hacia una mujer que podría ser su madre, y que nos puede recordar a textos como Antigua Luz. Como decía la comedia, el drama y el suspense se van entremezclando con acierto, pues de manera muy fluida, con un buen número de escenas magnéticas nos vemos ante un final que podemos pensar como inesperado, pero que a su vez casa muy bien con todo lo visto.

El reino (Rodrigo Sorogoyen)

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Título original: El reino
Año: 2018
Duración: 122 min.
País: España
Dirección: Rodrigo Sorogoyen
Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
Música: Olivier Arson
Fotografía: Álex de Pablo
Reparto: Antonio de la Torre, Josep Maria Pou, Nacho Fresneda, Ana Wagener, Mónica López, Bárbara Lennie, Luis Zahera, Francisco Reyes, María de Nati, Paco Revilla, Sonia Almarcha, David Lorente, Andrés Lima, Óscar de la Fuente, Laia Manzanares

El reino, es el reino de la inmoralidad, la de aquellos que se engañan a sí mismos, recurriendo a aquello tan manido como falso de que “todo lo hice porque quería lo mejor para mi familia, ya sea la mujer, los hijos, los hermanos, los cuñados…”. Un proceder que conlleva delitos de blanqueo de capitales, de tráfico de voluntades, prevaricación, cohecho y un largo etcétera. Un meterse en política para robar a manos llenas, para sustraer dinero de la caja pública, del dinero de todos los españoles, que va a parar a sus bolsillos, a bolsas de plástico, a cuentas en Suiza. El protagonista es uno de estos pájaros metidos en política para llevar a cabo un pillaje gangsteril. No está solo, porque muchos de sus compañeros de partido, en todas las instancias, también se han llevado su parte de la tarte, se han beneficiado de la política para embolsarse grandes sumas, no con el sudor de su frente, sino con su falta de escrúpulos y un espíritu adolescente que les hacía sentirse invulnerables (y quien sabe si también inmortales), hasta que tienen que cantar delante de un juez y pisar primero el calabozo y más tarde la trena. Una corrupción que surge de la connivencia delictiva entre políticos y empresarios, porque la corrupción se compone de corruptos y corrompidos y en esta historia siempre son los políticos los malos de la película. ¿Cuántas empresas han dado dinero a los políticos y han financiado los partidos políticos desde el comienzo de la democracia, cuantas empresas estaban detrás del 3%?. Este parece ser tema baladí al que no se concede importancia. Si la clase empresarial fuera honesta, el político no tendría a nadie a quien corromper, pero ya sabemos que en la naturaleza humana anida la corrupción, la codicia, la avaricia, el ansia desmedida de poder, un poder que cubre al poder, por eso uno se descubre leyendo la prensa y viendo cómo se archivan ciertas causas, que son bochornosas, nada ejemplares, pues al fin y al cabo más allá de lo que dicte el derecho, la inmoralidad no prescribe (o no debiera).
La puesta en escena de Rodrigo Sorogoyen (de quien he visto Stockholm y Que Dios nos perdone) es muy vital, trepidante, acelerada (la cámara siguiendo en algunos momentos a los personajes con ritmo temblón), chorrea adrenalina, Antonio de la Torre se mete de lleno en el papel y saca fuerzas de flaqueza y pone toda su inteligencia en el asador para salirse con la suya, para que si el cae, caigan todos aquellos que han cometido los mismos delitos que él.
Muy jugoso su entente final con la periodista, la sosias de Ana Pastor.
El final de la película es curioso. Me temo que ni el protagonista, ni todos estos que gastaban alegramente tirando de las tarjetas black, ni todos los que ahora mismo están corrompidos hasta la médula, engrasando voluntades con dinero público, dedicarán nunca un minuto a reflexionar sobre lo que están haciendo, ni por qué lo están haciendo, pues de hacerlo más de uno, y de dos, correrían a un juzgado y liberaría su conciencia de tanta basura, o se defenestrarían, pero esto es una utopía, lo sé. El poder protege al poder, y la mala conciencia, me temo, es una quimera.