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Jordskott (Henrik Björn) Primera temporada


Jordskott la aclamada serie sueca que está en boca de todos, creada por Henrik Björn, ya se ha estrenado en España, en Suecia lo hizo en 2015. Filmin ha puesto a nuestra disposición la primera temporada y una vez vista la pregunta es: ¿cuándo podremos ver la segunda temporada? que en Suecia se estrenó en 2017. Tengo mucha curiosidad por ver qué ofrecerá la segunda temporada ya que esta primera se resuelve de tal manera que no parece necesitar una continuación ¿o sí? ¿qué pensáis?

La primera temporada consta de diez episodios de sesenta minutos. Si algo caracteriza esta serie, que ha arrasado en Suecia, es la capacidad que tiene para sorprender al espectador. Nada fácil cuando uno cree que lo ha visto ya casi todo. El argumento va de una policía cuya hija desapareció un buen día cuando estaban al lado de una laguna en Silverhöjd. Siete años después la policía, que atiende el nombre de Eva (interpretada por Moa Gammel) vuelve al lugar donde sucedió todo, al mismo pueblo, tras ser enterada de la muerte de su padre, Johan Thornblad, el cual es propietario de una empresa que se dedica a talar árboles y a devastar los bosques de la zona, poniendo a los vecinos en su contra. Si en su día desapareció Josefine, la hija de Eva, ahora hay otros niños que también están desapareciendo y Eva es requerida por Wass, uno de los investigadores para que colabore con ellos.

La serie está plagada de personajes singulares, como Esmeralda, Storm, Ylva, Jörbge, etc y el gran acierto es esa mezcla muy bien traída de lo real, lo fantástico, lo sobrenatural, con unos efectos especiales sobresalientes, pues en el bosque vivía un pueblo que fue arrasado sin miramientos, llevado como siempre el ser humano por su codicia y por su afán de ganar plata a cualquier precio.

Lo que más miedo da de todo, no son los elementos sobrenaturales que pululan en el agua o en el bosque sino el ser humano, encarnado por ejemplo en la figura de Gerda, una mujer que con la idea de asegura el porvenir de su retoño, un tal Klaas, es capaz de hacer cualquier cosa, incluso de morir matando, aunque por muy negra que se ponga la cosa -que se pone- siempre hay que dejar la puerta abierta a la redención.

Morir (Fernando Franco)


Título original: Morir
Año: 2017
Duración: 104 min.
País: España
Dirección: Fernando Franco
Guion: Fernando Franco
Música: Maite Arrotajauregi
Fotografía: Santiago Racaj
Reparto: Marián Álvarez, Andrés Gertrudix, Iñigo Aranburu, Francesco Carril
Productora Kowalski Films/Ferdydurke

Morir, de Fernando Franco es una película que creo gana peso una vez pasan unas cuantas horas tras su visionado. Comparte título y final con la novela de Arthur Schnitzler, si bien algunas cosas cambian. En la novela, ambientada a finales del siglo XIX, un hombre todavía joven va a morir y quiere que su mujer le acompañe (que muera) en ese tránsito hacia el más allá. Ella accede en un primer momento pero luego le hace la cobra y lo deja con un palmo de narices.

Aquí tenemos a una pareja joven (frisando los cuarenta), a la que a él le diagnostican un cáncer terminal (que él referirá cuando están de vacaciones en el norte (en su particular Grand Tour) aguándole -por partida doble- la estancia a su pareja), y a pesar de que una intervención quirúrgica les dará alguna esperanza, poco después se deja claro que la muerte ronda a la vuelta a la esquina y que es cuestión de meses, el fatal desenlace.

Tenemos por tanto a un moribundo en su tramo vital agónico que lidiará como buenamente pueda con sentimientos encontrados de los que es presa, pues si nos cuesta toda una vida aprender a vivir, para morir tampoco estamos preparados, pues no hay preparación que valga. Así, por una parte él querría morir sin hacer ruido, de hecho, el universo dramático se circunscribe a ellos dos (no vemos a familiares, ni amigos, de ninguno de los dos), pero cuando uno cae en picado siente también cierta envidia por la salud de su pareja, por un porvenir que a él se le niega de forma abrupta y siempre vienen a los labios un ¿por qué?. Demanda siempre estéril. La caída de él amamanta su egoísmo, saca la peor cara de una naturaleza humana siempre proteica, y si hasta la fecha su relación tampoco denotaba un apasionamiento exagerado, ante esta tesitura, cada cual buscará su espacio o madriguera, esperando que caiga el chaparrón y luego escampe; para uno de los dos, ya definitivamente.

Sobre dos atalantes, Marián Álvarez, Andrés Gertrudix, recae todo el peso de la película. Muy bien ambos en su sobriedad, manifestando sin aspavientos su situación, indeseada por ambos. Hay escenas muy significativas. Una es cuando ella abraza a un extraño en un bar de la playa y de esa manera desahoga su dolor, pena, tristeza y el cúmulo de sinsabores acumulados durante meses. Otra es la escena final cuando el correr las cortinas y dejar entrar la luz, principia otro día, otra vida, la presente.

Fernando Franco debutó con una gran película, La herida, con Morir confirma su buen quehacer.

La chica en la niebla (Donato Carrisi)


Título original: La ragazza nella nebbia
Título en castellano: La chica en la niebla
País: Italia, Francia, Alemania
Año: 2017
Dirección: Donato Carrisi
Guión: Donato Carrisi
Fotografía: Federico Masiero
Montaje: Massimo Quaglia
Escenografía: Tonino Zera
vestuario: Patrizia Chericoni
Reparto: Toni Servillo, Alessio Boni, Jean Reno, Michela Cescon, Lucrezia Guidone, Jacopo Olmo Antinori, Sabrina Martina

El escritor Donato Carrisi, autor de best-sellers debuta en la dirección de películas adaptando una de sus novelas y en mi opinión se da el batacazo. Uno ve una película como esta y tiene claro que es un refrito de mil películas vistas anteriormente. Lo peor de todo viene cuando se ponen las cartas encima de la mesa demasiado pronto y entonces uno como espectador se siente estafado y escaldado. Servillo no hace su mejor papel y me recuerda a otro trabajo en el que también hacía de inspector, La ragazza del lago, película que guarda similitudes con ésta, en cuanto a la atmósfera opresiva y siniestra en la que se ubica la historia.

Aquí, como indica el título, lo que prima es la niebla, y el frío y la nieve, en un silente pueblo prealpino, donde una comunidad religiosa con trazas de secta tiene una gran presencia. Lo de la niebla es un decir, porque como sucede siempre en estos casos, la víctima es secuestrada por alguien de confianza, con el que uno se montaría sin pensárselo mucho en su furgoneta. Carrisi emplea una puesta en escena a lo Seven, y secuencias que parecen sacadas de otras novelas truculentas del pope de las letras noruegas, sí, Nesbo.

Alessio Boni, que encarna a un profesor, a quien le endilgan el muerto desde el principio, muestra la misma cara inexpresiva de siempre.
Carrisi mete a los medios de comunicación por medio, convirtiendo la desaparición en un espectáculo con el que dar carnaza al espectador, donde la justicia y la búsqueda de la verdad parecen ser lo de menos, con una periodista tan vanidosa como el inspector, que parece más empeñado en cargarle el muerto al primero que pase por allí que en buscar al auténtico asesino.

Al estilo de Sospechosos habituales la película atesora unos cuantos golpes de efecto, pero el descojone final viene con nuestro amigo Jean Reno, no ya hablando italiano, sino devenido sospechoso muy poco habitual.

En fin…

El otro hermano (Israel Adrián Caetano)


Título original: El otro hermano
Año: 2017
Duración: 112 min.
País: Argentina
Dirección: Israel Adrián Caetano
Guion: Israel Adrián Caetano, Nora Mazzitelli (Novela: Carlos Busqued)
Música: Iván Wyszogrod
Fotografía: Julián Apezteguia
Reparto: Daniel Hendler, Leonardo Sbaraglia, Alian Devetac, Alejandra Flechner, Pablo Cedrón, Ángela Molina

Si algo define esta película argentina de Israel Adrián Caetano (sobre la novela Bajo este sol de Carlos Busqued) es la sordidez deliberada (y muy bien filmada) que rezuma por todos sus poros. Ambientada en un rincón argentino, en un villorrio, donde un puñado de personajes como plantas despeluchadas buscan la manera de seguir adelante, espantando la moralidad a manotazos, como a esas moscas pesadas que acaban muertas más pronto que tarde.

A este pueblo agónico llega Cetarti un joven bastante apamplado (que ha sido despedido como empleado público por no aparecer por su lugar de trabajo durante meses) a certificar la muerte de su madre y de su hermano asesinados. Con él se entrevista Duarte (magnífico Sbaraglia) un tipo correoso, violento, de la peor ralea, muy dado a los chanchullos que le permiten ganarse una plata y granjearse de paso unos cuantos favores. Por medio, unos cuantos secuestros, sepultados dentro de lo doméstico, sin levantar sospechas, ante un vecindario por otro lado inexistente.

Israel crea una sostenida atmósfera sórdida y asfixiante, donde Duarte colabora en sus tropelías con el hermanastro de Cetarti, cuya madrasta está interpretada con solvencia por Ángela Molina. Cetarti, mientras, se deja hacer, ocupa la covacha de su hermano, hace limpieza, vende todo lo vendible y con el dinero recibido sueña con irse a Brasil, a seguir haciendo nada.

Sin escatimarnos la violencia (que resulta tan espeluznante como adictiva) que se manifiesta de mil formas y maneras (de la tortura, a la violación), la película va creciendo hasta un giro final que no sé si casa muy bien con todo lo anterior. Quizás sí, porque a fin de cuentas vivir o morir, en esta realidad aherrojada, parece aquí importar muy poco.

La chica desconocida (Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne)

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Título original: La Fille Inconnue
Año: 2016
Duración: 113 min.
País: Bélgica
Dirección: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
Guion: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
Fotografía: Alain Marcoen
Reparto: Adèle Haenel, Jérémie Renier, Olivier Bonnaud, Olivier Gourmet, Louka Minnella, Pierre Sumkay, Nadège Ouedraogo, Ben Hamidou, Thomas Doret, Fabrizio Rongione, Christelle Cornil

A menudo vemos como el único espíritu que alimenta ciertos comportamientos es la necesidad de venganza. En La chica desconocida, notabilísima película de 2016, de los hermanos Dardenne, lo que alimenta y motiva las acciones de la protagonista, Jenny, una joven doctora, es la necesidad de liberar su conciencia aclarando una muerte, la de una joven que llama a la puerta de su consulta cuando ya han echado el cierre, sin que nadie la abra, pues la médica por llevar la contraria al joven que está haciendo prácticas en su consulta, toma una decisión que se sabrá fatal, pues la policía le enterará de que la joven murió poco después de llamar al timbre de su consulta, donde el rostro de la joven queda inmortalizado en la cámara de la doctora instalada en la calle. Jenny es consciente de que no es la autora material del éxitus de la joven, pero se siente culpable, presa de remordimientos que la atormentan, enturbiando sus noches, y todo su empeño consiste en saber qué pasó, si su muerte atendió a un accidente o si fue asesinada; a su vez quiere localizar a algún familiar que reclame el cuerpo y reciba así digna sepultura. Este empeño de la doctora no le traerá más que problemas, pues a medida que empiecen sus pesquisas interrogando a sus pacientes, y al descubrir que la joven extranjera y menor de edad, ejercía la prostitución, comprobará cómo algunos de ellos se mueven entre el deseo de callar y la imperiosa necesidad de confesar, provocando reacciones violentas en sus interlocutores que no ven con buenos ojos que la doctora se entrometa en algo que debería dejar en manos de la policía. Ella pone tesón y buena fe y recibe los insultos y la agresión a su vehículo de unos chulos que no ven bien que la doctora vaya por ahí preguntando por los cibercafés, ve también cómo el hijo de un paciente se violenta con ella cuando le hace preguntas incómodas, cuya base no es verdadera pues otro de sus pacientes, un adolescente, mentirá para proteger a su padre. Todo se embrolla, en definitiva (espejo de una realidad compleja, nada fácil y mucho menos complaciente), y lo que registra a la perfección la cámara de los Dardenne es la zozobra de Jenny su necesidad de obrar bien, de redimirse. El reencuentro con el joven médico en prácticas le hará ver a su vez que cada cual atesora sus fantasmas familiares. La película evita cualquier discurso, cualquier subrayado, cualquier lección moral y muestra a las claras, las dificultades y trabas de toda clase que le suponen a alguien normal tratar de hacer el bien, implicarse en algo de lo que podría pasar olímpicamente. Ahí Jenny es un colosa, un heroína en la sombra, consumida en las arenas movedizas del día a día. ¿Me puede dar un abrazo? dice Jenny al final. Un abrazo que es tanto redención como aliento.

Nymphomaniac (Lars Von Trier)


Título original: Nymphomaniac. Volume I y II
Año: 2013
Duración: 334 min.
País: Dinamarca
Dirección: Lars von Trier
Guion: Lars von Trier
Música: Varios
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Omar Shargawi.

He visto Nimphomaniac en filmin, sin cortes, si bien tras su visionado he devenido lacerado, al menos interiormente. Una mujer apalizada (Charlotte Gainsbourg) es recogida en el suelo de un callejón por un hombre que la lleva a su casa. Allí, la mujer le referirá al desconocido (un apamplado Stellan Skarsgård) la historia de su vida. Una historia prolija en detalles, que se explicitará durante más de cinco horas y media de proyección, dividida en dos películas. La mujer es ninfómana y esta adicción al sexo, marca toda su existencia. Lars Von Trier decide ir hasta el final en muchas escenas. Si el cine en gran medida es diversión, entretenimiento, algo de drama, o especulaciones que se resuelven teóricamente, lo que aquí plantea el director danés es mostrar una realidad, compuesta de muchos elementos en sus elementos más crudos. A la mujer le prestan su rostros tres actrices, una niña que ya desde su más tierna edad alcanza un inopinado orgasmo sobre la campiña, que la lleva a elevarse como si levitase. Luego la vemos en su edad adolescente, primero estudiando y luego trabajando, dando rienda suelta a su deseo sexual, acumulando amantes de forma diaria y compulsiva. Las escenas sexuales son explícitas y las vulvas y los penes, buscándose y encontrándose por todos los orificios, asoman por doquier. Aquella situación parece verse limitada cuando se queda embarazada, y tenga a su hijo, pues en un determinado momento parece ella dar por bueno aquello que le dice su amiga en la adolescencia, “que el ingrediente básico del sexo es el amor”. Al final prevalecen sus instintos y se queda sin hijo y sin pareja. La mujer busca luego nuevas variantes, encontrando también el placer en el daño físico, siendo azotada, fustigada. Todas estas experiencias que la mujer refiere, su interlocutor las recibe sin juzgar, pues como él dice de sí mismo, viene a ser como un vidrio transparente, pues siendo él virgen, no tiene ningún prejuicio social, no hay ninguna tintura en su cristal. O eso dice.
Trier alterna secuencias sórdidas, crudas, duras con otras más poéticas, como aquellas en las que vemos a la mujer, antaño niña paseando con su padre, inoculándole éste su pasión por los árboles, en busca de aquel árbol que sea el espejo de su alma.
El tremendismo de Trier aboca al padre aquejado de una enfermedad terminal, todavía joven a una cama de hospital donde le vemos sufrir, agonizar, sin controlar los esfínteres, cagándose encima, todo lo cual se registra como si se tratara de un documental. O bien cuando uno de los amantes de la mujer se muda a vivir con ella, y con otro hombre, y la mujer y los niños del primero vienen a despedirse de su padre,
Otro tanto sucede cuando la mujer decide ser golpeada. El espectáculo de la tortura no escatima ningún paso. O ya, llevado al extremo cuando la mujer se queda de nuevo embarazada, en vez de seguir el procedimiento normal que le permitirá abortar, es ella misma quien aborta en su casa, infringiéndose un castigo, en unas de las imágenes más truculentas e insoportable que haya visto en el cine.
Es evidente el empeño de Trier por remover al espectador en el asiento, por sacarlo de su comodidad, y ponerlo frente a un buen número de situaciones desagradables, no solo visualmente, sino también con los diálogos, pues en la película hay muchos diálogos, entre la mujer y su escuchante, donde ella da su parecer muy poco políticamente correcto sobre los pedófilos, los dictadores. Él, con continuas divagaciones va cogiendo el guante, y a medida que ella le va contando su vida él las va contrastando con lo que ha leído, pues toda su experiencia vital parece ser una experiencia libresca. La mujer sigue desafiando sus límites y decide en un determinado momento buscar sexo en otra parte, en lengua extraña, y por un tiempo decide acostarse con negros, si bien aquello enseguida acaba, trata de corregir sus impulsos sexuales en un terapia llegando a la conclusión de que estas terapias sólo sirven para castrarla, para menoscabarla, para tratar de lograr que ella deje de hacer lo que hace y deje así de molestar e incomodar con su conducta a la sociedad, y entonces se encaminan al mundo del hampa, de la delincuencia, de la ilegalidad, donde alcanza su cenit rápidamente al poner en práctica sus conocimientos aprendidos todos los años, refinamiento tal, que sin recurrir a la violencia es capaz de sonsacar a uno de los morosos, por ejemplo, su secreto más escondido.
Durante toda la película parece que la mujer ha encontrado al final en ese hombre bueno, algo de tranquilidad, de paz, como ella le hace saber, tal que a partir de entonces se ve capaz de emprender una nueva vida, que pasa por la renuncia total de su sexualidad.
Como esas películas de terror en la que el protagonista logra escapar o eso cree, y en la última escena todo se malogra, así obra Trier con ese fundido en negro final; un proceder que pone la guinda a este portentoso carrusel de los horrores con el que Trier ha creado y se ha recreado en lugares infernales de los que lo habitual es apartar la mirada, quizás con la idea, materializada, de que ésta fuera la película más horrible jamás rodada.

Dhogs (Andrés Goteira)


Título original: Dhogs
Año: 2017
Duración: 85 min.
País: España
Dirección: Andrés Goteira
Guion: Andrés Goteira
Música: Germán Díaz
Fotografía: Lucía C. Pan
Reparto: Melania Cruz, Miguel de Lira, Antonio Durán ‘Morris’, Carlos Blanco, Iván Marcos, Roi Gantes, María Costas, Xosé López, Alejandro Carro.

Dhogs, película rodada en gallego, posibilitada gracias al apoyo institucional y al micromecenazgo (el nombre de todos los mécenas se refieren al final de la película), cae dentro del cine hecho para desconcertar, para desasosegar, para removernos en el asiento, para preguntarnos ¿qué hago viendo esto?. No por la puesta en escena, que goza de una brillante fotografía de Lucía C. Pan, ni por los actores, estupendos en sus papeles, tanto Miguel de Lira, Antonio Durán “Morris” o la sufridora Melania Cruz, sino porque la película es un espejo, que nos devuelve la maldad y la abyección del mundo que enfangamos a diario, ímplícita en su título, que entrevera el significado de dogs y hogs, donde los seres humanos se convierten aquí en una bestia inmunda capaz de lo peor, a saber, maltratar, matar, engañar, abusar, violar, secuestrar…

La historia se explicita con distintas escenas que al final irán convergiendo, a modo de sumidero y de una manera un tanto inopinada, permitiendo darle sentido y consistencia a todo lo visto.

Andrés Goteira (Meira, 1983), con esta su primera película como director (y guionista) logra escenas de gran impacto visual, muy poderosas y perturbadoras (con un buen número de primeros planos y localizaciones sitas en lugares como Tabernas que confieren una dureza y una sequedad especial a las imágenes), que explican las comparaciones de su cine con lo que hemos visto en las películas de Lynch o Hanecke y su notoria capacidad para incomodar al espectador, lo cual siempre es saludable ante cualquier expresión artística, donde el espectador en esta ocasión dejaría de ser algo pasivo para ser él quien decida la suerte de sus personajes, inclinando estos su voluntad de una manera pensada o no hacia el mal, lo sórdido, lo prohibido, lo “inhumano”, lo inmoral.

En la casa (François Ozon)

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Título original: Dans la maison
Año: 2012
Duración: 101 min.
País: Francia
Dirección: François Ozon
Guion: François Ozon (Obra: Juan Mayorga)
Música Philippe Rombi
Fotografía: Jérôme Alméras
Reparto: Fabrice Luchini, Ernst Umhauer, Kristin Scott Thomas, Emmanuelle Seigner,Diana Stewart, Denis Menochet, Jean-François Balmer, Fabrice Colson, Bastien Ughetto, Stéphanie Campion, Yolande Moreau

En la casa, película de François Ozon, basada en la obra teatral de Juan Mayorga, El chico de la última fila me ha resultado sorprendente por muchas razones. En poco más de hora y media, se dan la mano la comedia, el suspense, el drama y todo ello hilado de una manera extraordinariamente sutil.

Un profesor de literatura sesentón y quemado (perfecto en su papel Fabrice Luchini, con un rostro entre alelado, contrariado y de vuelta ya de todo), al comprobar cómo los jóvenes cada vez son más cazurros y lo costoso que les resulta escribir, ser capaces de poner en negro sobre blanco sus actividades de fin de semana; actividades que se cifran en comer pizza, ver la tele, tomar una birras y poco más, todo ello referido con un estilo chusco y tan simplón que al profesor su lectura lo aboca a la náusea y a la desesperanza. Pero no todo está perdido, porque entre esas redacciones escolares hay una, la de Claude García (brillante Ernst Umhauer en su papel) que desata todas sus alarmas. Una redacción que da pie para que el joven autor de la misma y el profesor establezcan una relación muy particular, pues el profesor se ve reflejado en ese joven, con dotes para la escritura, el cual se hace amigo íntimo de un colega del instituto con el fin de poder así entrar en su casa, en su vivienda y en su vida, y luego desde dentro ir refiriendo aquello que ve e imagina en sus redacciones, que el profesor y su mujer leen con fruición diariamente. Donde no sabemos si es la literatura la que quiebra la realidad o viceversa.

El papel de la mujer del profesor (una circunspecta Kristin Scott Thomas, hablando en francés), al frente de una galería de arte moderno, da pie para reflexionar sobre el valor o la intrascendencia del mismo, tanto como para ponderar la raíz (estéril) de muchas parejas juntas durante décadas, no tanto por el amor, sino por algo mucho más prosaico, como la comodidad y la seguridad. El joven en su mirada, más que en su proceder, me acercaba a Funny Games. Vemos cómo la realidad desde fuera es una y desde dentro es otra, porque el joven ve cómo esa familia ideal que ha imaginado no es tal y siempre hay marejadas bajo esa calma chicha de las apariencias. Con gran belleza se plasma el deseo adolescente hacia una mujer que podría ser su madre, y que nos puede recordar a textos como Antigua Luz. Como decía la comedia, el drama y el suspense se van entremezclando con acierto, pues de manera muy fluida, con un buen número de escenas magnéticas nos vemos ante un final que podemos pensar como inesperado, pero que a su vez casa muy bien con todo lo visto.

El reino (Rodrigo Sorogoyen)

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Título original: El reino
Año: 2018
Duración: 122 min.
País: España
Dirección: Rodrigo Sorogoyen
Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
Música: Olivier Arson
Fotografía: Álex de Pablo
Reparto: Antonio de la Torre, Josep Maria Pou, Nacho Fresneda, Ana Wagener, Mónica López, Bárbara Lennie, Luis Zahera, Francisco Reyes, María de Nati, Paco Revilla, Sonia Almarcha, David Lorente, Andrés Lima, Óscar de la Fuente, Laia Manzanares

El reino, es el reino de la inmoralidad, la de aquellos que se engañan a sí mismos, recurriendo a aquello tan manido como falso de que “todo lo hice porque quería lo mejor para mi familia, ya sea la mujer, los hijos, los hermanos, los cuñados…”. Un proceder que conlleva delitos de blanqueo de capitales, de tráfico de voluntades, prevaricación, cohecho y un largo etcétera. Un meterse en política para robar a manos llenas, para sustraer dinero de la caja pública, del dinero de todos los españoles, que va a parar a sus bolsillos, a bolsas de plástico, a cuentas en Suiza. El protagonista es uno de estos pájaros metidos en política para llevar a cabo un pillaje gangsteril. No está solo, porque muchos de sus compañeros de partido, en todas las instancias, también se han llevado su parte de la tarte, se han beneficiado de la política para embolsarse grandes sumas, no con el sudor de su frente, sino con su falta de escrúpulos y un espíritu adolescente que les hacía sentirse invulnerables (y quien sabe si también inmortales), hasta que tienen que cantar delante de un juez y pisar primero el calabozo y más tarde la trena. Una corrupción que surge de la connivencia delictiva entre políticos y empresarios, porque la corrupción se compone de corruptos y corrompidos y en esta historia siempre son los políticos los malos de la película. ¿Cuántas empresas han dado dinero a los políticos y han financiado los partidos políticos desde el comienzo de la democracia, cuantas empresas estaban detrás del 3%?. Este parece ser tema baladí al que no se concede importancia. Si la clase empresarial fuera honesta, el político no tendría a nadie a quien corromper, pero ya sabemos que en la naturaleza humana anida la corrupción, la codicia, la avaricia, el ansia desmedida de poder, un poder que cubre al poder, por eso uno se descubre leyendo la prensa y viendo cómo se archivan ciertas causas, que son bochornosas, nada ejemplares, pues al fin y al cabo más allá de lo que dicte el derecho, la inmoralidad no prescribe (o no debiera).
La puesta en escena de Rodrigo Sorogoyen (de quien he visto Stockholm y Que Dios nos perdone) es muy vital, trepidante, acelerada (la cámara siguiendo en algunos momentos a los personajes con ritmo temblón), chorrea adrenalina, Antonio de la Torre se mete de lleno en el papel y saca fuerzas de flaqueza y pone toda su inteligencia en el asador para salirse con la suya, para que si el cae, caigan todos aquellos que han cometido los mismos delitos que él.
Muy jugoso su entente final con la periodista, la sosias de Ana Pastor.
El final de la película es curioso. Me temo que ni el protagonista, ni todos estos que gastaban alegramente tirando de las tarjetas black, ni todos los que ahora mismo están corrompidos hasta la médula, engrasando voluntades con dinero público, dedicarán nunca un minuto a reflexionar sobre lo que están haciendo, ni por qué lo están haciendo, pues de hacerlo más de uno, y de dos, correrían a un juzgado y liberaría su conciencia de tanta basura, o se defenestrarían, pero esto es una utopía, lo sé. El poder protege al poder, y la mala conciencia, me temo, es una quimera.

Testigo de cargo (Billy Wilder)


Título original: Witness for the Prosecution
Año: 1957
Duración. 114 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Billy Wilder
Guion: Billy Wilder, Harry Kurnitz (Teatro: Agatha Christie)
Música: Matty Malneck
Fotografía: Russell Harlan (B&W)
Reparto: Tyrone Power, Marlene Dietrich, Charles Laughton, Elsa Lanchester, John Williams, Una O’Connor, Henry Daniel, Norma Varden, Torin Thatcher, Ian Wolfe, Francis Compton.

Películas brillantes como Testigo de cargo son las que nos reconcilian con el buen cine. Es esta una película que calificaría de perfecta.

Sobre un texto de Agatha Christie, una puesta en escena muy teatral (ceñida a muy pocas localizaciones), con interpretaciones memorables como la de Charles Laughton en la piel de un abogado extremadamente perspicaz y agudo, al que no se le escapa una, con una Marlene Dietrich que borda su papel y un Tyrone Power que pone toda su belleza en el asador, Billy Wilder tras las cámaras logra tenernos dos horas en vilo, puro y duro, con un ritmo frenético, unos giros inesperados, y un rompecabezas que se va armando lentamente hasta su desenlace final que es un golpe de efecto totalmente inopinado.

Rodada hace más de 60 años es una película que un servidor ve una y otra vez con agrado, pues como todo clásico no se agota por muchos visionados que llevemos a cabo. Si no la habéis visto, ya estáis tardando.