Archivos de la Categoría 'Thriller'

Blue Ruin (Jeremy Saulnier 2013)

Blue Ruin

Blue ruin aborda con buena mano algo tan manido y abundante hoy en día como es la venganza.

El protagonista es un hombre de unos treinta y muchos años que vagabundea, viviendo en un coche aparcado, bañándose en el mar, comiendo lo que pilla de los contenedores.

Un día recibe la noticia de que el asesino de sus padres sale de la cárcel y decide tomarse la justicia por su mano y acabar con el exconvicto.

La violencia genera violencia, mediante una espiral donde sabemos cómo empieza pero nunca cómo acaba. Lo cual no nos impide intuir que acabará mal, porque es difícil acotar la violencia desmedida, cuando no sabemos de qué somos capaces, y desconocemos a su vez, cómo reaccionan nuestras víctimas, que acabarán ajustándose a las leyes de acción-reacción.

El tempo de la película es pausado. El protagonista, acostumbrado a vivir en la soledad más absoluta se asombra incluso ante su propia voz y cuando confiesa a su hermana su crimen, ésta, y sus dos hijas pequeñas tendrán que poner pies en polvorosa, dado que los familiares de la víctima, no tienen intención de llamar a la policía, pues quieren resolver el caso a su manera.

El actor que da vida al protagonista Macon Blair parece estar entre asustado y empanado. Lo cual creo que es lo que el director quiere transmitir, porque el personaje podría ser cualquier de nosotros, si un día tenemos la peregrina idea de vengarnos de alguien, sin ser capaces siquiera de disparar con acierto una escopeta de perdigones.

El enfoque singular del director Jeremy Saulnier al abordar la historia, el protagonista apocado, las escenas de suspense y tensión bien elaboradas, el climax onnírico, el ambiente gris, silente,, el humor negro y un guión mínimo pero dilatado hasta la hora media con mucha solvencia, hacen de Blue Ruin una película que sin ser una maravilla la recomiendo pues no engaña a nadie y radiografía muy bien las consecuencias de la violencia expedita a manos de un pobre diablo que no tiene nada nada que perder, más allá de su vida.

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No confíes en nadie (Rowan Joffe 2014)

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No confíes en nadie. En los reseñistas menos aún.

Este película es muy misteriosa. Su protagonista es una mujer de cuarenta y pico años la cual ha pérdido su memoria reciente. Cada día que comienza parte de cero. Se ve en la cama acompañada de un hombre, durmiente. Va al baño a hacer pis y allí encuentra un montón de fotos pegadas en la pared. Fotos de su boda, de su marido, de sus momentos felices. Luego el hombre que está en la cama, su marido, le cuenta lo que le sucede, su incapacidad para recordar nada nuevo, etcétera.

Un día, la mujer recibe la llamada de un doctor que quiere ayudarla. En una cámara ella grabará antes de acostarse lo que va haciendo cada día, así puede contrastar al día siguiente lo que le dice el marido con lo que ella registra en su cámara. Gracias al doctor, la mujer va recordando cosas, momentos, personas, como una amiga a la que hace mucho tiempo que no ve. Todo esto la sume en la confusión pues no tiene del todo claro si esos recuerdos son verdaderos o su mente los ha cincelado mezclando churras con merinas.

El director, Rowan Joffe, logra que una historia que en su planteamiento podría ser excesiva pero que se circunscribe a cuatro tópicos, mantenga el interés de principio a fin.

Algo, o mucho, tiene que ver en ello que los protagonistas con Nicole Kidman, en la piel de la mujer desmemoriada, Colin Firth, como el marido abnegado y Mark Strong como el doctor.

Como nos tememos se reserva para el final el típico y tópico golpe de efecto.

Entretenida. Sin más.

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Zulu (Jérôme Salle, 2013)

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Lo que esta demuestra certifica es que la reconciliación es un camino pedregoso, plagado de merodeadores y asesinos, que siguen anhelando la sangre ajena.

La historia transcurre en Suráfrica en el momento presente. Un país donde podemos pensar que las heridas han cicatrizado y que el pacto de silencio permitió mirar para adelante en lugar de cebarse en las arenas movedizas del fangoso pasado.

La película es la lucha que mantiene con su pasado un inspector negro zulú, Ali Sokhela (Forest Whitaker) que sufrió en sus carnes los abusos del régimen, dejándole secuelas para toda su vida.
Ali ha optado por mirar para adelante, por acercarse a algo parecido al perdón, siendo esa la única manera de no envenenar su día a día, dando por buenas las palabras de Mandela.
“Si quieres hacer la paz con tus enemigos, trabaja con tus enemigos, entonces se convertirán en tus amigos.
Al lado de Ali está el joven blanco Brian Epkeen (Orlando Bloom), un tipo alcohólico, mujeriego, impuntual, trasnochador, infiel, caótico. Un buen sabueso a a pesar de todo.

En uno de los casos en los que ambos dos están trabajando se topan con una caso de corrupción de proporciones gigantescas. Un doctor está probando un nuevo fármaco antidepresivo con cobayas humanas, con niños de las barriadas, quienes tras probar el fármaco se vuelven violentos, irascibles, muchos de los cuales se mutilan e incluso se suicidan.

No se puede salir limpio de una historia como esa, y Ali que hasta entonces siempre había apostado por el perdón, decide romper la baraja al constatar que el lugar donde vive es como el Lejano Oeste, un terreno fértil para que se imponga la ley del más fuerte, del más violento, del más corrupto, del más poderoso, ante quienes el ciudadano de a pie, honrado, policía o no, nada tiene que opugnar, más allá de la mejilla, para que se la partan.

Forest Whitaker nos ofrece una interpretación memorable. Bloom se despoja de su ñoñez (casi congénita) y da el pego y va camino de convertirse en un actor de verdad (quizá teniendo a Matthew McConaughey, como buen espejo en el que mirarse).

Zulú es una thriller duro, trepidante, crudo, descarnado, verosímil, un puñetazo entre los dientes, una patada en la tripa, una mano fría en el cerebro.

Su director, Jérôme Salle, ha hecho un peliculón, basándose en la novela negra de Caryl Ferey. A los que gustéis del cine de acción y de calidad (no,no es un oximorón), no se me ocurre recomendaros una propuesta fílmica mejor que esta.

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Nightcrawler (Dan Gilroy 2014)

Nightcrawler


Corran a los cines ahora mismo a ver Nigthcrawler
(merodeador nocturno), no pierdan el tiempo. La película es obra de Dan Gilroy, hasta el momento guionista de películas como The Fall. Con esta película Gilroy se ha salido del tiesto. Pocas películas, de las muchas que visiono, han conseguido tenerme tan absorto, tan subyugado, mezclando en mi interior algo intermedio entre la repulsa y la atracción, como Nightcrawler

Un resultado tan brillante es consecuencia de un magnífico guión y sobre todo de la magistral interpretación de Jake Gyllenhaal en la piel de Lou, un tipo avispado y antisocial que una noche mientras circula con su coche ve un accidente y al acercarse a hocicar descubrirá que grabar imágenes de gente agonizando, envuelta en llamas, tiroteada, mutilada, es un negocio que da dinero, que lo sangriento vende, porque hay millones de telespectadores que fijan su atención a la gran pantalla como mariposas en pos de la luz, cuando en sus pantallas huele a muerte, a sangre.

Dicho y hecho. Lou compra una cámara, sintoniza su radiofrecuencia con la de la policía, contrata a un chico al que paga cuatro duros y los dos juntos, pasan a ocupar su tiempo nocturno transitando las carreteras de Los Ángeles a la búsqueda de algún fatal desenlace.

La ambición desmedida de Lou se topa con la de Nina, quien dirige una cadena de televisión especializada en noticias lo más truculentas posibles. Cuando Nina descubre a Lou, siente que Dios le ha venido a ver, pues éste le muestra sus imágenes con regocijo, sin que todo aquello que le ofrece a Nina le suponga el menor cargo de conciencia, al revés, ya que en el dolor ajeno, ante un cuerpo muerto o agónico, Lou, como todo buen psicópata experimenta algo parecido al placer.

La historia de Lou va cada vez a más hasta un clímax glorioso. Lou y Nina muestran cada uno de ellos la enfermedad de nuestras sociedades modernas, donde a los crímenes, asesinatos, violaciones, accidentes de todo tipo, a manos de asesinos, violadores, criminales, se suman todos aquellos periodistas, presentadores, cámaras de televisión, o simples merodeadores, que tratan de sacar tajada de todo ello, contando con la complicidad del público, de la gente cómo tú y yo, creándose así un triángulo demoniaco y perfecto.

Nightcrawler es ya un película de culto, que espero y deseo no permanezca oculta.

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Le guetteur (Michele Placido 2012)

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Desconozco si esta película francesa del año 2012, Le guetteur, traducida aquí como el Francotirador, se ha llegado a estrenar o no en los cines españoles. Si es así, no nos hemos perdido gran cosa, porque la película es regular tirando a mala o a rematadamente mala, por jugar con términos balísticos.

El título nos saca de dudas enseguida. El protagonista es Kaminski (Matthieu Kassovitz), un francotirador, ya saben, esos hombres (¿hay francotiradoras?) que se asientan en los azoteas y tejados de los inmuebles para disparar tranquilamente, parapetados en su lejanía e invisibilidad.

Kaminski trabaja con un grupo de ladrones, y mientras estos delinquen, él dispara, cubriendo su retirada. La secuencia inicial, rodada en las calles de París, es espectacular, el resto del metraje tedioso, caótico y sonrojante.

Tras la pista de los ladrones está Mattei (Daniel Auteuil) un inspector, cuyo hijo fue un soldado que murió en Afganistán, con apenas 30 años. Sabremos luego que era un tirador de élite, que formaba parte del equipo de Mattei (sí, este es un militar retirado o desertado), que algo sucedió y que el hijo del inspector acabó muerto.

Parece que los tiros van por dilucidar si Mattei dará con Kaminski, si conseguirá echarle el guante, pero no. Por medio se cruza un médico clandestino, un asesino en potencia y en acción que lleva años matando jóvenes mujeres, cuyas acciones salen a la luz cuando un miembro de la banda es herido y acaban en el quirófano clandestino del Doctor Muerte, el cual además de sádico es avaricioso y no puede menos que devanarse los sesos buscando la manera de quedarse con tamaño botín.

A medida que avanza la película el interés proporcionado por la misma se reduce a la mínima expresión, el guión brilla por su ausencia, las secuencias se suceden sin la menor chispa, por más violencia que halla en las mismas, se van mezclando distintos géneros (cine negro, bélico, gore, atracos, asesino en serie), escenas vistas o intuidas en otras películas similares y de ese batiburrillo de esa mezcla tan alocada, no sale nada bueno, salvo la palabra fin, que da conclusión a la película.

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Si el cine francés brilla a veces a gran nivel, ofreciendo películas de acción consistentes, profundas y equilibradas, en otras ocasiones, el resultado como acontece con Le Guetteur, es una película huera, simplona, epidérmica, previsible, pretenciosa e insignificante, donde no hay emoción, ni suspense alguno.

La dirige Michele Placido, responsable de la estupenda Romanzo Criminale, y su hija es Violante Placido, que da vida en el film a Anna, cuyo rostro os sonará de haberla visto en El americano, junto a George Clooney.

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Bullhead (Michael R. Roskam 2011)

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Sorpresa mayúscula, para bien, la que me ha deparado el visionado de Bullhead película belga/holandesa , que supuso el debut en la dirección de Michael R. Roskam (ahora tiene en cartelera La entrega, película que ha cosechado muy buenas críticas y que reseñaré en breve), la cual compitió en los Oscar 2012 (lo ganó Nader y Simin, una separación) en la categoría de mejor película de habla no inglesa.

Bullhead, o cabeza de toro, es la testa del protagonista, Jacky, quien de niño sufre una experiencia atroz, a manos de otro niño. Una experiencia que tendrá efectos inmediatos para Jacky desde ese momento y que de manera insoslayable marcará su existencia posterior, dejándole toda clase de secuelas, no sólo físicas sino psíquicas.

Lo más grandioso de la película, con aires de thriller, además de la acertada creación de atmósferas tanto en las secuencias que tienen lugar en el interior de los inmuebles donde los mafiosos del tráfico de sustancias para el engorde del ganado, se reúnen, de cara a repartirse los canales de distribución, vulnerando cuantas leyes sean necesarias para conseguir sus fines, y de las escenas al aire libre, con inmensas praderas verdes y amarillas, donde pastan las vacas y donde el horizonte se licúa con el cielo, además de todo esto, digo, es la figura de Jacky la que resulta majestuosa en su complejidad.

Jacky hormonado desde niño ha desarrollado un volumen, una musculatura, que le da un aire bestial a su físico (Matthias Schoenaerts ganó 27 kilos y mucho músculo para darle empaque a su personaje), tanto como su mirada acerada, esquiva. La apuesta del director consiste en humanizar a Jacky, en que lleguemos como espectadores a empatizar con él, siendo testigos , no pasivos, de su desgarro existencial, comulgando a su vez con su dolor y su angustia.

La película avanza en el presente, pero vuelve al pasado para darnos algunas de las claves, para mostrarnos cómo era Jacky de niño, cómo era su familia, en qué andaban metidos todos ellos, rodeados siempre de veterinarios y farmacéuticos avispados, dispuestos a engordar las vacas con la sustancias oportunas.

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La historia bebe de una historia real ocurrida en Bélgica en los 90 cuando murió tiroteado un inspector mientras indagaba acerca del tráfico de sustancias ilegales entre los ganaderos locales.

Jacky se las verá en el momento presente con su amigo de la niñez a quien no ha vuelto a ver desde su trágico suceso, el cual ahora adulto es gay, y que trata a su manera de expiar su culpa infantil, ayudando ahora a Jacky a escapar, al tiempo que trabaja como informante de la policía.

La historia negra criminal es un velo que está omnipresente, pero lo importante y fundamental para mí es la historia triste de Jacky, su particular tragedia griega. Verlo meterse para el cuerpo las mismas sustancias que da al ganado, aplicando jeringuillas por todo su cuerpo, me horripila, tanto como la escena con Bruno, su verdugo infantil. Encontramos a su vez algún guiño cómico que tiene que ver con la pluralidad lingüística de Bélgica. La historia se sitúa en Limburg en Flandes Occidental, donde no faltan los puyazos verbales entre los flamencos y los valones (que hablan francés), además algunos personajes hablan en limburgués, dialecto del flamenco, de uso común en esa zona fronteriza sita entre Bélgica, Holanda y Alemania.

Respira la película un halo de angustia, un vapor turbio, cuajado de sordidez, y no puede uno menos que compadecerse de Jacky, de su tragedia, de su impotencia al no poder cuidar de nadie, como ve hacer a diario a las reses con sus crías, la imposibilidad (no buscada) de llevar, a la postre, una vida anodina y normal como el resto, con una mujer, con unos hijos, una impotencia que a menudo solo tiene un salida, casi siempre luctuosa.

Película potente, vibrante e impactante que merece la pena ver, tanto por los espinosos temas que se abordan, como por la sutileza en los matices, en la composición del personaje, Jacky, que pasará (al menos) a la (mi) historia (personal).

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Schutzengel (Til Schweiger 2012)

Schutzengel

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El actor Til Schweiger (os sonará de haberlo visto en Malditos Bastardos) dirige y guioniza Schutzengel, película que se estrenó con éxito en su país de origen, Alemania, en 2012. Anteriormente Til Schweiger, con la comedia, Kokowääh coronó la taquilla durante cinco semanas consecutivas y terminó siendo la película alemana más taquillera de 2011, con más de 4.315.000 entradas vendidas. Además os interesará saber que en 2013 se estrenó Kokowääh 2.

Schutzengel no es un comedia, más bien un thriller trepidante.

El protagonista, el actor Til Schweiger, da vida a Max, un soldado retirado a quien le asignan la misión de proteger la vida de una adolescente llamada Nina (interpretada por su hija Luna Schweiger), convertida en testigo protegido, al visionar un asesinato en el que está implicado Henri, un multimillonario dedicado al tráfico de armas, a quien no se le pone nada por delante, comprando o acallando cuantas voluntades sean necesarias, para cumplir sus objetivos.

Max se toma la custodia de Nina como algo personal e irá matando a cuantos malotes se pongan en su camino. En su huida se esconden en casa de Rudi, amigo de Max, también militar en su día, a quien le faltan las piernas, y a quien Rudi le debe la vida. En casa de Rudi se producirá de nuevo una balacera, que el director escenifica a cámara lenta, al ralentí, mientras los cascotes van cayendo al suelo, como si se tratara de algo artístico.

Nina necesita insulina para no entrar en shock, mientras que Max no sabe en quién puede confiar, pues los tentáculos de Henri llegan a todas partes.

Las dos horas y cuarto de metraje de la película me resultan excesivos, porque la historia no da mucho de sí y enseguida resulta reiterativa, además no hay mucho que contar, más allá de escenificar la lucha por la supervivencia de cualquier ser humano, el afán de Max por proteger a una víctima inocente, exaltar los valores de la amistad (entre Max y Rudi), o entre Max y Nina quien por primera vez en la vida (una vida vivida hasta entonces sin cariño, en orfanatos de mala muerte) es feliz e incluso la posibilidad real al final para Max de dejar su vida como soldado y rehacerla en Reino Unido junto a Sara la mujer que ama.

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Entre medias, el director suelta algún pullazo en contra de los agentes de policía y el trato que estos dan a sus compañeras de cuerpo o plasma la prepotencia y el poder que ostentan ciertos empresarios sin escrúpulos, en connivencia con las más altas instancias policiales.

Un happy end complaciente y optimista, convierte todo lo anterior visto, en un cuento de hadas, donde prevalece el amor y la posibilidad de enmienda sobre las armas.

Resumiendo, que la vida puede ser maravillosa, la película no lo es tanto.

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Caminando entre las tumbas (Scott Frank 2014)

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Pocas cosas positivas o ninguna, puedo decir de esta plomiza producción que cuenta como actor principal con Liam Neeson, reciclado como heróe de acción, a quien hace nada vi también en Non-Stop.

Matt es un agente de policía que tras ir borracho y matar por error a un niño al disparar a tres malos, a los que manda al más allá, deja el cuerpo. Trabaja luego como investigador privado. Lo contrata un traficante, porque a su mujer la secuestran, paga el rescate y acaba muriendo. El narco, quiere venganza y Matt es el encargado de plantar cara a los asessinos, una pareja de zumbados, sádicos, quienes disfrutan hasta la saciedad (o mejor, hasta la suciedad), causando dolor a las víctimas que secuestran, que son mujeres de traficantes locales. El guión como ven es una sandez, la puesta en escena es plana, líneal, sin aliciente alguno, con una trama que avanza sin más hasta un final irrisorio, pues los malotes que parecen invencibles deciden dar la cara y se la endiñan hasta el fondo.

Matt en su investigación cuenta con un niño negro, un sabelotodo, más listo que el hambre, con quien Matt mantiene casi una relación paterno-filial. Nada funciona en este thriller previsible, violento, sin mordiente alguno, donde Neeson pasea su arma y da unos cuantos mamporros, sin ofrecer nada más, en esta película trillada que horripila y aburre a partes iguales. Si os quedan ganas de verla, haceroslo mirar.

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La isla mínima (Alberto Rodríguez 2014)

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Película: La isla mínima. Dirección: Alberto Rodríguez. País: España. Año: 2014. Duración: 105 min. Género: Thriller, policiaco. Interpretación: Raúl Arévalo (Pedro), Javier Gutiérrez (Juan), Antonio de la Torre (Rodrigo), Nerea Barros (Rocío), Jesús Castro (Quini), Salva Reina (Jesús), Manolo Solo (periodista), Jesús Carroza. Guion: Rafael Cobos y Alberto Rodríguez. Producción: Mercedes Gamero, José Antonio Félez, Mikel Lejarza, José Sánchez Montes y Mercedes Cantero. Música: Julio de la Rosa. Fotografía: Alex Catalán. Montaje: José M.G. Moyano. Vestuario: Fernando García

Después de la muy notable, vibrante y potente, Grupo 7, su director Alberto Rodríguez (After, 7 vírgenes) vuelve a ofrecernos un peliculón que transcurre en 1980, en las marismas del Guadalquivir, donde se están cometiendo asesinatos de niñas, mientras el asesino campa a sus anchas.

Hasta allá se trasladan dos policías Juan y Pedro. El primero es joven, tiene a su mujer embarazada y no sabe tener la boca cerrada ante una injusticia. Pedro es pequeño pero matón, trabajó durante la dictadura (cinco años atrás) como interrogador en las cloacas del Estado, de maneras expeditivas, violento, todo un figura, con un pasado que trata de ocultar y acallar con pastillas y ginebras y Juan, a su vez, de aflorar, para saber a quién tiene como compañero de viaje, porque no conviene olvidar que tu compañero, tratándose de policías, es la persona que te puede salvar el pellejo llegado el caso. Tendremos ocasión de comprobarlo.

Lo mejor de la película, entre sus muchas cosas favorables es la atmósfera (eso tan difícil de definir y todvía más de lograr y que aquí brilla con intensidad) que crea el director, en esas marismas que resultan un lugar asfixiante, un atolladero del cual muchas jóvenes quieren escapar, porque allí no hay nada que hacer, un lugar cálido, enfermizo, pobre, donde flota en el ambiente caciquil, retrógrado, misógino y servil (a pesar de que los jornaleros que recogen el arroz están en pie de guerra y en huelga) una violencia que no sólo es algo soterrado, sino que como desgraciadamente se ve, aflora, llevándose por delante la vida de niñas de corta edad, a quienes además de asesinarlas, su asesino violenta y viola.

Muy bueno el trabajo que ofrecen Rául Arévalo, alejado de su vis cómica, aquí se muestra taciturno, huraño, abatido, extrañado y asqueado ante lo que ve y Javier Gutiérrez que hace un papelón. Ver cómo le brillan los ojillos antes de soltar la mano, bien vale el precio de la entrada. Entre ellos no hay mucha química, más que nada, porque son planetas en distintas órbitas, pero lo inteligente del guión y la complejidad del alma humana, propicia encuentros imposibles, no olvidamos que corre el año 1980, que la democracia se sostiene con pinzas y que la omnipresencia de los militares todavía flota en el aire.

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En el curso de la investigación llevada a cabo por Pedro y Juan veremos el poder caciquil, a jornaleros reivindicativos, gente que tiene mucho que callar, el trapicheo de tabaco, los abusos de Quini, el guaperas local embaucando a jóvenes a las que luego chantajear, lo autoritario de las posiciones paternas, el desgarro de un pérdida, el ninguneo y menosprecio que sufren las mujeres, etcétera.

Se podía haber sacado aún más partido de las marismas (muy bellas las tomas aéreas), a las cuales se recurre en su tramo final, pero funcionan como un elemento más en la trama, determinante, porque esa humedad, resulta algo pegajoso, de lo que cuesta desprenderse, como una segunda piel, al tiempo que se convierte en un dédalo en el que es fácil perderse.

La acción está muy bien dosificada y la película transita sin calma hacia un final espectacular (y abierto, tipo Zodiac), a medida que el cerco sobre el asesino se vaya estrechando, hasta quedar reducido a la mínima expresión, sobre La Isla Mínima donde concluye.

La isla mínima es un thriller soberbio, contundente, asfixiante, muy negro y violento con una fotografía prodigiosa obra de Alex Catalán. Poner en imágenes algo tan visceral, soterrado, larvado, salvaje y animal, no es fácil. Alberto Rodríguez lo consigue. Hete ahí su logro.

Junto a 8 apellidos vascos, El niño y Torrente 5, La isla mínima va camino de convertirse en otro pelotazo de nuestro cine patrio (recaudó casi un millón de euros el fin de semana de su estreno). Películas tan buenas como esta, no permiten excusas al espectador para no ir a los cines, máxime ahora que hay días en los que las entradas cuestan menos de cuatro euros, con la fiesta del cine a la vuelta de la esquina, los días 27, 28 y 29 de octubre, a razón de 2,90 euros la entrada.

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El hombre más buscado (Anton Corbijn 2013)

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Interpretación: Philip Seymour Hoffman (Günther Bachmann), Rachel McAdams (Annabel Richter), Willem Dafoe (Thomas Brue), Robin Wright (Martha Sullivan), Grigoriy Dobrygin (Isaa Karpov), Nina Hoss (Erna Frey), Daniel Brühl (Maximilian). Guion:Andrew Bovell; basado en la novela de John le Carré.

El hombre más buscado es una estupenda película que hará las delicias de quien vaya al cine esperando ver una película que contenga suspense, intriga, buenísimas interpretaciones, un guión sólido y un final impactante. El guión, obra de Andrew Bovell, está basado en una novela de John Le Carré.

La historia que vemos resulta muy interesante. En Hamburgo (Alemania) están ubicadas agencias que luchan contra el terrorismo yihadista. Al mando de una de ellas está Günter, que hace el trabajo sucio que los alemanes, a tenor de lo que establece su Constitución, no pueden legalmente hacer.

Saltan todas las alarmas cuando llega a la ciudad portuaria de Hamburgo (estupendamente fotografiada, radiografiando así una ciudad gris, apagada, mortecina, fría, inclemente), Isaa Karpov, un checheno medio ruso, desgreñado y harapiento, quien tras haber sido torturado en Rusia, de donde huye, que tiene en su haber varias condenas por sabotajes, se presenta en la ciudad alemana buscando a un banquero, al cual reclamar el dinero de una herencia paterna.

Uno de los miembros de la casa en la cual se aloja Karpov, se pone en contacto con Annabel, una abogada que trabaja en una asociación que lucha por los derechos de los apátridas que buscan asilo en Alemania.

La historia se va poco a enredando, toda vez que Karpov contacte con el banquero y sepa que le espera una fortuna en forma de herencia, dinero que Karpov detesta porque está manchado de su sangre, al ser su progenitor un criminal.

Annabel se afanará en proteger a Karpov y a su vez Günter y los suyos tratarán de mantener al resto de las Agencias a raya, ganando tiempo, con la idea de que el dinero de Günter les permita echar el guante a un prestigiado árabe que aboga por el diálogo y la paz, al tiempo que financia ciertos movimientos insurgentes yihadistas, o eso es lo que Günter quiere demostrar con la investigación que tiene entre manos hace meses.

No voy a abundar en el argumento de la película para no desvelar ninguno de los muchos momentos sorprendentes que atesora.

Mantiene la película un ritmo fluido, trepidante diría, y se sostiene casi sola gracias a la memorable interpretación del desgraciadamente desaparecido Philip Seymour Hoffman, que se come la pantalla a bocados cada vez que aparece, al tiempo que bebe y fuma de manera compulsiva, en la piel de un espía amargado y cansado, dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, como si no hubiera nada más que eso, un trabajo pleno que no deja resquicio para pensar en nada más, en una lucha denodada, sin cuartel, contra los esquejes del mal islamistas.

Rachel Adams

Muy bien definidos e interpretados están también el resto de los personajes, tanto Annabel (muy intensa y esforzada, siempre sensual, Rachel McAdams), una niña pija que quiere salvar el mundo con su bonhomía, el banquero, interpretado por Dafoe, que tiene la ingrata labor de limpiar la mierda de su padre, banquero, antaño conniviente con criminales y mafiosos, Martha de la Agencia americana, perro viejo que se las sabe todas y miente más que habla, o Erna (Nina Hoss, a quien recomiendo que veáis en la ineludible Una mujer en Berlín) que trata de mantener algo de humanidad en una tarea, la suya, que no deja lugar para los sentimientos.

Constatar como muchos de los Gerifaltes de estas Agencias ponen por delante sus intereses personales (su ansía de medrar, de obtener reconocimiento, de colgarse medallitas) antes que pensar en las personas como seres humanos que son, deja la esforzada e ingente labor de Günter en agua de borrajas, una injusticia, otra más.

Ya sabéis los daños colaterales de querer un mundo (paranoico y febril) mejor, más seguro.

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